Dos

El mismo enjambre de gente vestida con sus mejores prendas que en los destinos anteriores, solo que esa velada, en ausencia del juez par, todos le prestaban atención a Percival. El brillo de la judicatura recaía en esta ocasión sobre un sargento de la ley, así como el escrutinio al que el mismo lo exponía. 

El salón era grande y los representantes de la nobleza y de la Iglesia local, lo bastante numerosos como para llenarlo. La puerta principal de la residencia se abría a él, lo que subrayaba el marcado carácter público del recinto. Vista desde el interior —alta y maciza, compuesta por dos hojas de roble—, a Elizabeth le resultó extraña la posición que ocupaba en un extremo del salón, tal vez porque la primera visión que había tenido de ella, mientras cruzaba la explanada en dirección al palacio, era la de una puerta situada en el centro mismo de la fachada. Se diría que tenía una naturaleza por dentro y otra por fuera, como ella. En eso pensaba, mientras el señor Gabetis le hablaba: en sus preocupaciones. El ayudante del sheriff tenía un pequeño cuadernillo en la mano en el que apuntaba los regalos que le iban ofreciendo los invitados. A cambio, y tal como indicaba la costumbre, ella les entregaba una moneda de poco valor; una suma simbólica que tenía como fin preservar a los jueces de cualquier intento de soborno. Piezas de venado, vino, pescado curado…, había recibido todo tipo de viandas, entre ellas, una horma entera de queso que, pensó, le convendría ceder al juez par en cuanto se reuniera con él en Lancaster. En los últimos tiempos, no solo había ganado peso, sino que la grasa, para su sorpresa, se le había empezado a acumular en la barriga y en los pechos. Afortunadamente, nunca había sido muy exuberante; alta, de huesos grandes… Cómo podría haber aparentado ser un hombre de otra manera. Bastante más alta que la media, de hecho, una ventaja que durante años le había servido para sustraer su cara lampiña a la atención de sus interlocutores. Con el nuevo rey, sin embargo, ya no tenía que preocuparse por ese asunto. Charles II había impuesto un estilo sin barbas, que compensaba la ausencia de pelo en la cara con voluminosas pelucas de largos rizos; una moda que, al aportar cierta confusión al aspecto de los hombres, contribuía a que ella luciera como uno más. Las pelucas, sin embargo, daban calor y cuando el incendio subía desde su pecho hasta su cabeza, concentraban todo el bochorno bajo sus crines. A veces pensaba que iba a derretirse como una vela que gotea y se consume y acaba deshecha alrededor de su base. Pero no, al cabo seguía allí. Esa noche sostenía una copa de vino en la mano en previsión de cualquier congestión que pudiera arrebatarla, pero no bebía para evitar, justamente, que eso sucediera. Al parecer, el señor Gabetis había acabado con lo que estaba diciendo y le había cedido su puesto a ciertos notables del lugar que se comportaban como si las presentaciones entre ellos ya hubiesen sido hechas (debían de haberle entregado algún presente). Elizabeth se preparó para lo que vendría —la paciente escucha de los asuntos que les preocupaban y que, probablemente, ella tendría que atender en la audiencia—; sin embargo, la sorprendieron con una curiosidad apenas velada. ¿Cuándo había accedido el señor Edgerton a la posición de sargento de la ley? ¿Era esa su primera vez en un circuito de los assizes

Hacía tan solo un año que la ceremonia de investidura había tenido lugar. Bajo los auspicios de la Restauración, antiguas relaciones de su padre —de convicciones tan monárquicas como habían sido las suyas— habían propuesto el nombre de Percival a esa orden de abogados; la más distinguida y poderosa del reino.

El hecho de haber sido nombrado por el nuevo monarca y su consecuente falta de experiencia en la judicatura, resultaron del evidente agrado de sus interlocutores. De la última era fácil presumir cierta falta de firmeza en el manejo de los asuntos locales de la que ellos podrían hacer uso; una posibilidad que Elizabeth prefería no alentar. Tras proporcionarles algunos detalles de su ceremonia de investidura, y ya situados en Londres, donde esta había tenido lugar, les habló en detalle de los estragos que la peste estaba causando en la ciudad. Pero… ¿no se había trasladado el sargento Edgerton con la corte y los tribunales a Salisbury? No, no lo había hecho. Tamaña temeridad resultó suficiente para disuadirlos de continuar con las preguntas y, llevados de la mano de la cautela, apartarlos a todos de su lado.

Elizabeth miró a su alrededor, sola por primera vez desde que había entrado en el gran salón, y su primer impulso fue el de sentarse en uno de los bancos festejadores, provistos de cojines, construidos en las ventanas aprovechando el grosor de los muros, pero, en lugar de hacerlo, se dirigió hacia una pintura de grandes dimensiones que colgaba de la pared del fondo. De espalda a los asistentes a la velada parecería menos accesible. Qué ganas de volver a Londres. Los que habían podido huir de la ciudad lo habían hecho ya, y los que aún permanecían allí se evitaban a causa de la plaga. 

La pausa, sin embargo, duraría poco. «Mi bendita madre y mi noble padre, lord y lady Cumberland», oyó a su espalda y reconoció la voz de lady Anne, su dicción muy marcada. El tono, sin embargo, era diferente al formal que había usado para darle la bienvenida.

—Yo misma, a mis quince años—, continuó ella, mientras se situaba a su lado y señalaba la pintura de la izquierda.

El cuadro estaba compuesto por un panel central y dos laterales de menor tamaño sujetos a él. 

—Y allí —señaló a la derecha—, como condesa viuda de Pembroke y Montgomery. 

Elizabeth miró hacia el otro extremo y le pareció que esa noche lady Anne llevaba el mismo vestido que en el cuadro o uno muy parecido, negro con algunos detalles blancos. ¿Sería acertado señalar esa coincidencia? Ante la duda, se mantuvo en silencio, una actitud que era una constante en su relación con las mujeres y a la que debía su fama de tímido tanto como una explicación aceptable para su soltería. ¿Qué le podía decir una mujer disfrazada de hombre a otra mujer?

—Todos los títulos de los libros son reconocibles —comentó. 

La joven lady Anne podía presumir de lecturas a juzgar por las obras pintadas en los estantes detrás de su figura. 

—En el centro me encuentro en el vientre de mi madre —dijo ella, por su parte, atenta al curso de su propia exposición.

Qué curioso verse retratada de ese modo. 

—… una mujer piadosa que me crió con gran bondad y sabiduría.

La nota de profundo afecto que Elizabeth percibió en su voz rescató una sensación que pertenecía a su infancia; una que preferiría haber dejado atrás por completo. Entonces todos parecían tener madre, todos menos ella. La impresión de estar en desventaja con el resto de los niños era el recuerdo más duradero que guardaba de esa época.

Había más libros pintados en el suelo, apilados junto a la falda de la joven lady Anne.

—Veo varias obras religiosas —comentó Elizabeth, por proporcionarle algún eco, aunque remoto, a las palabras de su interlocutora—. Y algún clásico, también. 

Piedad y sabiduría. ¿No era Ovidio un autor latino? Ella siempre había preferido el cuerpo legal del Imperio romano a las obras de sus autores: el orden previsible de un código escrito del que el sistema inglés carecía, la lógica que vinculaba sus disposiciones entre sí, el sentido común que les daba fundamento. Lo más parecido a un entorno seguro para un alma desarraigada del Paraíso.

—¿Y ese pequeño lebrel? —agregó, señalando a un perrito blanco que aparecía en el retrato de cuerpo entero de la condesa viuda de Pembroke y Montgomery.

Lady Anne se volvió hacia ella, intrigada por el interés que el juez mostraba en los detalles del cuadro.

—Se llamaba Rusfler.

Qué bajita era. Nadie lo diría por la forma en la que se expresaba. Y qué forma tan penetrante de observar tenía. Elizabeth alargó su mirada más allá de su cabeza (agradecida por unos pelitos duros que le habían salido en el mentón) y la detuvo en un joven que permanecía de pie frente a una ventana. Afuera estaba oscuro. 

—Es mi nieto Thomas —dijo lady Anne, que había seguido su mirada— por parte de mi hija Margaret, condesa de Thanet. Está a punto de marcharse a Eton… Y este señor —un hombre de mediana edad que pasaba por allí—, es el mayor Greathead. Permítame que los presente…

El mayor Greathead debía de haber luchado en la guerra civil para ostentar ese rango.

—Él y su familia son mis invitados durante esta semana.

Lo que significaba que no vivían en Appleby y que el mayor, probablemente, había sido miembro del ejército realista.

Greathead tenía una nariz bastante peculiar, muy larga, con una protuberancia central que conseguía remontar su depresión y acabar en una punta respingona. No abundó en preliminares cuando lady Anne los dejó a solas, sabedora, tal vez, del motivo que lo había traído a él a Appleby durante los assizes. Preguntó por el estado de los caminos desde Carslile así como por el tiempo que había hecho la semana anterior; eso fue todo lo que dijo antes de introducir su caso. La competencia por la atención del sargento Edgerton abundaba esa noche en el gran salón. El asunto versaba sobre unas tierras o, más exactamente, la disputa sobre la propiedad de unas tierras de las que él aseguraba poseer un título legal, la prueba que habían estado vinculadas a su familia desde la época de la reina Mary. 

Hacía más de un siglo de eso. Elizabeth asintió con la cabeza, como asegurándole que lo escuchaba, pero estaba pensando en que al nieto de lady Anne los brazos parecían quedarle largos. El joven se había apartado de la ventana y venía en dirección a ellos. Aún estaría creciendo, conjeturó, de estirón en estirón. ¿Le pasaría como a ella que había días en los que ya no reconocía su cuerpo? 

La voz del joven sorprendió al mayor Greathead, que se encontraba de espaldas a él. Y a casi todo el mundo. «¿A quién va a traicionar esta vez?», se le oyó decir en gran parte del salón. 

El mayor se volvió, como si supiera que esas palabras le estaban dirigidas y, cuando reconoció a Thomas, también elevó un poco el tono de su voz:

—Ya tenemos aquí al joven—dijo, con una media sonrisa destinada a ganar la complicidad de sus oyentes.

El aludido siguió avanzando y, sin caer en la trampa que Greathead le había tendido, al llegar junto a ellos, en lugar de defender que tenía edad suficiente como para disponer de un criterio acertado, propuso:

—¿Y si le preguntamos al juez qué opina de su conducta?

Elizabeth demoró un momento en darse cuenta de que había sido interpelada (no se reconocía en ese título), pero, cuando lo hizo, su reacción fue de inmediato rechazo. Ya había recibido bastante atención por esa noche.

—Excedería la discreción requerida a mi cargo —dijo.

Este rechazo no desalentó al joven. Y la cercanía física al mayor —a quien se refirió, mientras mentaba sus antecedentes, como a un mando del ejército parlamentario—, tampoco pareció amedrentarlo.

¿Parlamentario?

Se le escapaban notas chillonas mientras hablaba, desajustes involuntarios de la voz que despertaron la simpatía de ella, siempre atenta a su propia voz que podía delatarla, atenta a las reacciones que provocaba la primera vez que alguien la oía. 

—Ya no deben quedarle amigos a los que delatar…

—Seguro que no has querido decir eso, Thomas —afirmó un señor mayor, que se había acercado y le había pasado un brazo por los hombros; dijo esto con afabilidad, con calculada ligereza.

¿Un familiar? El primo de lady Anne creyó recordar Elizabeth, lord Philip…

—Claro que he querido —insistió Thomas. Y rechazó la posibilidad de reconducir la situación que él mismo había creado.

Esa intensidad… Elizabeth era capaz de reconocerla. El joven daba la impresión de encontrarse bajo los efectos de un arrebato como los que venían alterando el ánimo de ella desde la aparición de «el cambio»; violentos, tan devastadores que, incluso, había llegado a temerlos. Ponían en peligro la única vida que conocía.

—¿Por qué no nos sentamos? —le propuso, y señaló los bancos festejadores cubiertos con cojines—. Estas viejas piernas…

En aras del decoro y la discreción, requeridas en un evento social, el tercio del salón que presenciaba la escena volvió, no sin cierta renuencia, a sus conversaciones. El mayor Greathead recordó algo que hacer arriba. Elizabeth y Thomas se sentaron, uno frente al otro, en los bancos festejadores, pero, en ausencia de aquel a quien quería señalar de forma pública, el joven se sumió en un profundo silencio. En realidad no tenía ningún interés en hablar del asunto con Percival; a fin de cuentas, habían sido otros jueces de los assizes —en York, en Leeds, en Appleby— los que habían juzgado por traición a los rebeldes del norte. Los insatisfechos con el curso de la Restauración, organizados en grupos, de los que el mayor Greathead había formado parte gracias a la experiencia militar que había ganado en la guerra civil. Entre los descontentos se contaban antiguos compañeros de armas; hombres que habían confiado en él y a quienes él había delatado al sheriff de York. Elizabeth pensó en el hombre de la nariz curiosa. ¿Por qué habría hecho algo semejante? Un mes antes de la fecha prevista para los alzamientos, los arrestos habían paralizado los planes de los conspiradores y, pasado algún tiempo, varios de ellos habían acabado en la horca.

Elizabeth había obtenido esa información a fuerza de realizar afirmaciones erróneas (a veces, sin intención) que Thomas —incapaz de tolerar en silencio— se había visto obligado a desmentir. En el proceso, había abundado en detalles. Al cabo, lo que ella había conocido en Londres bajo el nombre genérico de «Alzamiento del Norte», se había tornado en una serie de historias individuales, gestas de personas comunes que habían arriesgado su seguridad y sus bienes persiguiendo sus ideas. La comparación involuntaria con sus propias circunstancias le había resultado turbadora. Ni una sola vez, en toda su vida adulta, se había planteado una toma de posición semejante, siempre pendiente del hilo de su impostura. Entonces no le había importado beberse unos sorbos de vino.

En Westmorland el líder de los rebeldes había sido el capitán Robert Atkinson. 

«Otra vez él», había pensado, contemplando la mandíbula cubierta de granos del muchacho.

Y antes de eso, también había sido el Capitán la persona que había defendido a los arrendatarios del condado —él mismo uno de ellos—, cuando les habían exigido las rentas anuales dos veces en un mismo año. Era la costumbre cuando las tierras cambiaban de dueño, había dicho Thomas con una mueca de desprecio, refiriéndose al momento en que las tierras habían pasado a manos de lady Anne. Elizabeth se había quedado mirándolo… ¿cuánto tardaría él mismo en reclamar sus privilegios de clase?

—Mi abuela lo consideraba un enemigo personal.

Elizabeth era consciente de la presencia del primo de lady Anne a unos pasos de ellos. Había estado allí, cerca de los bancos, durante toda la charla, moviéndose un poco, aunque sin alejarse demasiado; tratando de oír lo que decían, al tiempo que impedía que alguien más se acercara a hacerlo. Lo señaló apenas con la cabeza:

—Me parece que esta charla no es privada…

A Thomas no le hizo falta girarse. Sonrió brevemente e, inclinándose hacia adelante (un movimiento que ella correspondió), dijo:

—El capitán Atkinson lo señaló en una carta como a uno de los conspiradores…

¡Oh! Elizabeth se irguió a causa de la sorpresa. Podía decirse, entonces, que las autoridades no habían dado crédito a sus palabras.

—¿Y tú dónde vives? —preguntó, de súbito, extrañada.

—En Londres, con mis padres. En Westminster…, fuera de las murallas.

En Westminster, como ella.

—¿Y cómo sabes tanto de lo ocurrido en el norte?

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